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Un mes sin redes sociales

—Amanecer desde mi balcón, en primavera—

El pasado martes finalizó mi periodo de 30 días de “minimalismo digital“, sin Facebook, Twitter e Instagram, y quería dedicar unas líneas a contar la experiencia por si alguien necesita un empujoncito o, simplemente, le pica la curiosidad.

El plan:
Un mes sin redes sociales

Fechas: empecé el reto el día 20 de abril y lo he terminado el 19 de mayo.

¿Qué eliminé?

Facebook, Twitter e Instagram, las redes sociales que más visito. Las desinstalé del móvil y las bloqueé en los ordenadores (gracias a una extensión de los navegadores llamada Cold turkey).

¿Qué dejé?

Whatsapp la he mantenido, ya que la utilizo para comunicarme de manera habitual con mi familia y amigos. No obstante, ni actualizo los “estados”, ni los suelo mirar.

Youtube también se ha quedado. Antes del confinamiento la utilizaba para aprender técnicas de scrapbooking, y durante el confinamiento la estaba usando para hacer todo tipo de ejercicio, así que no la considero “peligrosa” en el sentido de tentarme para pasar horas viendo vídeos sin más.

Goodreads: no creo que sea necesario explicar que la necesito en mi vida. Actualizar mis lecturas me llena de alegría y satisfacción, y solo me ocupa un par de minutos diarios.

Netflix y TV en general: no suelo ver más de 4 horas semanales de televisión, dos horas el viernes y dos horas el sábado. Pero es una cantidad máxima, es decir, que la mayoría de las semanas no llego a esas cuatro horas, así que consideré la tele como una actividad sin riesgo alguno.

El comienzo

Los días anteriores al apagón social fueron, sin duda, los peores. Me encontraba nerviosa por muchas razones: no sabía si iba a aguantar todo el mes; no sabía si iba a hacer trampas, reinstalar todo, y sentirme luego peor. Además, al estar confinados, sentía que las redes sociales eran la única ventana al mundo real que tenía. Con todo, el último día miré todos mis feeds un buen rato como despedida y, luego… Luego no fue para tanto.

La primera jornada sin redes sociales la dediqué a terminar mi Trabajo Fin de Grado. Fueron unas 10 horas de trabajo prácticamente ininterrumpido, y unos 9 folios escritos; mi récord hasta ahora. Nunca pensé que podía avanzar tanto en un solo día, y es que trabajé doblando mi velocidad habitual en este tipo de tareas, y sin tener ninguna fecha tope más que la autoimpuesta. Y, a falta de un buen repaso general del trabajo, lo terminé.

He bromeado mucho sobre este comienzo al considerar que, después de un primer día tan brillante, el resto del mes solo podía ir a peor. En cierto sentido ha sido así — obviamente no he terminado cinco Trabajos de Fin de Grado durante los 30 días — pero he tenido tiempo de hacer un montón de cosas que merece la pena destacar.

Los resultados

Os voy a hablar de números, que seguro que nos entendemos mejor.

Lo que me ha dado tiempo a hacer:

Para empezar, mis semanas han tenido, al menos, 5 horas más: he pasado de usar el móvil 12 horas semanales a usarlo solo 7.

He escrito 3 cartas.

He terminado 6 libros. No parece una cantidad excesiva pero, desde una perspectiva global, este año he leído un total de 17 libros así que sí he notado un aumento del ritmo de lectura durante los 30 días.

He terminado de estudiar dos asignaturas de la Uned (por si os pica la curiosidad, son Derecho Constitucional Autonómico y Literatura Medieval y Renacentista).

He entregado dos trabajos bibliográficos voluntarios de la Uned, uno de ellos en inglés (ha sido mi primer trabajo en inglés, que me ha costado un poco redactar al no estar acostumbrada a escribir más que reseñas). Y he sacado buena nota 😉 .

En cuanto al ejercicio, es bastante difícil de contabilizar ya que el 2 de mayo, en medio de los 30 días, nos permitieron salir a hacer deporte, así que he salido todos los días desde entonces a andar y/o correr. Para que os hagáis una idea, estos han sido las medias de tiempo de ejercicio a la semana:

  • Hasta el 12 de abril: 7 horas/semana.
  • Del 13 de abril al 26 de abril: 9 horas 45 min/semana.
  • A partir del 27 de abril: 11 horas 45 min/semana.

Otros datos: he hecho al menos una sesión de ejercicio todos y cada uno de los 30 días, y 10 de esos días hice dos sesiones.

He escrito muchísimo en mi diario (15 días de los 30), que es uno de esos propósitos de año nuevo que casi nunca me sale “bien”. Me ha gustado porque me relaja, y me ha hecho sentir bien por partida doble.

He charlado más de lo habitual con amigas, ya fuera Hangouts o por teléfono tradicional. Pero debo decir que no tanto como me hubiera gustado; tengo que ser más proactiva en este sentido.

He vuelto a visitar blogs literarios, otro de mis propósitos. Los fui dejando de leer por “falta de tiempo” y me apetecía volver a ellos: leer las reseñas de mis compis, apuntar libros… Creo que nos hemos vuelto demasiado perezosos a la hora de leer (y escribir) textos de más de 140 caracteres, y que ahí fuera hay personas que se molestan en compartir ideas que merecen mucho la pena; de ahí este “propósito”. No puedo decir que haya estado horas y horas leyendo blogs, pero sí que he dado un repaso a mi lector de feeds para actualizarlo con las páginas que quiero seguir, y me he permitido un ratito los fines de semana para leerlas.

Lo que no he tenido tiempo de hacer:

No he dedicado mucho tiempo al blog. Me gustaría volver a reseñar todos los libros que leo y retomar el propósito original del blog, que era disponer de un lugar donde recoger todas mis lecturas y mis impresiones sobre ellas.

Tampoco he hecho scrapbooking ni otras manualidades. Simplemente no me apeteció, o dediqué el tiempo a otras actividades que eran más urgentes en ese momento.

Tres cosas que he echado en falta:

Compartir mis posts en las redes sociales. Te invade una especie de vacío existencial si publicas algo y no lo compartes inmediatamente en Twitter.

Compartir mis fotos de flores en Instagram 😀 No lo hago por “likes”; simplemente, me hace feliz ver mi perfil con mis flores y las cosas que me gustan.

Leer cosas divertidas en Twitter. De vez en cuando me llegaba por whasapp una captura de un tuit chistoso y entonces sabía que me estaba perdiendo la juerga de Twitter. Desde luego, esta no es una razón para volver a usar esta red social a diario, pero te hace sentir que te estás perdiendo algo (en inglés lo llaman FOMO, fear of missing out, que lo traducimos como el miedo a aislarte y perderte cosas por no estar presente en las redes sociales).

Conclusiones

Esta experiencia me ha resultado muy enriquecedora. Primero, por haber dejado atrás un hábito que, pensaba, rozaba ya lo adictivo y, en segundo lugar, porque he comprendido que la vida sin redes sociales me resulta más atractiva. Pasar varias horas concentrada estudiando o escribiendo, sin “descansos” para echar un ojo a twitter, ha sido algo que no experimentaba desde hacía años. Y quiero que eso vuelva a ser la norma.

Quizás os estéis preguntando qué hice el martes, después de que se desbloquearan facebook, twitter e instagram en mi ordenador. Sí, me senté al ordenador y abrí todas las redes sociales para cotillear qué había ocurrido en mi ausencia. Primero abrí todas las notificaciones que tenía y contesté a las que era menester y, después, al mirar los feeds, sentí que era demasiado; no podía de repente ponerme a mirar toda esa cantidad de fotos/posts/tuits. Transcurridos 45 minutos volví a bloquearlo todo hasta el fin de semana.

Tengo una gran tarea por delante: sé que no quiero volver a diario a las redes sociales, pero he de hacer una limpieza a lo Marie Kondo de mi vida digital para decidir qué ver, y cuándo voy a conectarme. Pero, ¿sabéis? No me preocupa. Ahora estamos a punto de empezar los exámenes de la Uned; en el trabajo volveremos a la normalidad y, como su hubiera despertado de un encantamiento, todas estas preocupaciones digitales han pasado a un segundo plano.

Sé que a la gente que aprecio puedo escribirles una carta, un email, 0 puedo llamarles por teléfono, y quiero pensar que las amistades no se resentirán por estar algo desconectada en otros lugares.

En definitiva, os animo a probar.

*****

¿Te atreverías a dejar las redes sociales?
Reseña de Minimalismo digital.

 

Un joven parisino apenas mayor de edad, Paul-Émile, abandona el piso donde siempre ha vivido junto a su padre para unirse a la Resistencia francesa y, quizás, volver convertido en un hombre que, al igual que otros hicieran décadas atrás, habrá salvado de la guerra a otros Hombres. Cuando Paul-Émile se marcha, jamás hubiera pasado por su imaginación lo que el destino le tenía preparado: el chico será reclutado por los servicios secretos británicos y formará una nueva familia con los demás jóvenes aspirantes, con los que comparte esa combinación de fragilidad y fortaleza que, en ocasiones, hace dudar de su aptitud para hacer la guerra.

La primera novela de Joël Dicker nos presenta una serie de personajes que se reúnen en Gran Bretaña para su formación y selección, y donde el lector, al igual que Paul-Émile, les irá conociendo y tomando cariño. Tenemos a Gordo, el chico que busca sin tregua el amor, pero acaba encontrando su verdadera pasión en la camaradería junto a sus compañeros; Claude, un joven religioso que dedica sus horas libres a rezar para que Dios cuide de sus amigos, pese a que estos no le toman mucho en serio; el más mayor del grupo, Stanislas, que se siente responsable por los demás y les cuida como si fueran hijos suyos; o Laura, la chica inglesa dulce y cariñosa, encargada de compensar toda esa masculinidad que acaba enranciándose cuando no se airea y se deja entrar el aire fresco.

La novela avanza a paso lento, primero en los centros donde forman a los agentes, y luego ya centrándose en las operaciones que llevan a cabo sobre el terreno en varias zonas de Francia, siempre con Paul-Émile en el foco de mira, pero también dedicando su tiempo a los demás personajes. Y es que, pese a ser una novela de guerra y venir de un autor famoso por sus thrillers, Los últimos días de nuestros padres es una novela de personajes más que de acción.

Confieso que hubo un momento en que me costó avanzar en la lectura, pero se debió simplemente al estado de alarma, que me obsequió con una extraña incapacidad para concentrarme en historias que requieran un poco de atención. Más tarde la retomé y, al acabar y volver la vista atrás, me pareció que el autor ha escrito una obra redonda, en su propio estilo, con un punto álgido muy cargado de dramatismo, y un equilibrio perfecto entre el personaje protagonista y los demás, que desarrolla con profusión, y también un curioso balance entre los jóvenes haciendo la guerra y el padre de Paul-Émile como contrapunto para mostrar a los que se quedan atrás pero que, solo con su existencia, son el ancla de aquellos que se marchan.

En fin, se trata de novela sobre la Segunda Guerra Mundial muy diferente a las que solemos encontrar. Es calmada y presenta muchos personajes que tardaremos en olvidar. Y, curiosamente, no hay malos ni buenos, solo Hombres.

Si quieres apoyar a las librerías tradicionales, puedes comprar un ejemplar en Popular Libros.

Dejo los datos de la edición de bolsillo:

Título: Los últimos días de nuestros padres
Autor: Joël Dicker
Editorial: Debolsillo
ISBN: 978-84-663-2988-0
Páginas: 464
Precio: 9,95 €

 

 

 

 

Pienso a menudo en las personas que, por las características de su trabajo, tienen que salir de casa todos los días y estrar en contacto diario con otra gente. Es una situación ambivalente: siguen conservando un trabajo que otros igual ya no tienen; pueden salir de casa y ocupar la mente en sus tareas, alejados de las malas noticias, aunque sea durante unas horas; y satisfacen la necesidad vital de comunicarse con otros seres humanos en persona cada día. Pero, claro, ¿y si se contagian? Están ahí, expuestos, en primera línea, y tiene que dar un poco de miedo.

Por suerte, no he necesitado acudir a ningún centro de salud, así que se me ocurrió hacer una tarjeta de agradecimiento a los únicos trabajadores anónimos con los que tengo una cita semanal: las personas del supermercado. Una tarjeta a lo Art attack parecía demasiado tacaño; mejor añadir una caja de bombones adquirida en el propio supermercado y envolverla en el único papel de regalo que tengo en casa, el de navidad. Cutre por cutre: cutre al cuadrado. Al ser un detalle dulce espero cuente un poco más…

La intendencia del proceso no es asunto baladí: la caja sobresalía ligeramente del bolso y, ¿qué pasa si el vigilante me ve la cara de traerme algo turbio entre manos? ¿Me registrará el bolso? ¿Puedo ir a la cárcel por entrar con un producto del propio supermercado en el supermercado? ¿Debería haber conservado el ticket de compra? Si me interroga y me supera la presión, ¿acabaré confesándolo todo? Y, si lo confieso, ¿me creerán, o suena a excusa típica de delincuente habitual? Qué nervios, por favor.

Conseguí entrar a lo ninja en un descuido del vigilante, que estaba colocando los carritos. Ni el gel de hidroalcohol me eché, no os digo más. Hice la compra aparentando normalidad, eso sí, con mi lista y todo, como se estila ahora en el confinamiento. No había pipas peladas, por cierto. Cuando esperaba para pasar por caja hubo un momento de tensión porque el “controlador de las cajas” me cambió de una a otra y, por fin, llegué a mi destino.

Después de meter las bolsas en el carrito y pagar, abrí el bolso decididamente y dije: “Ay, una cosa más”, tras lo cual saqué el paquete y la tarjeta y se los di a la cajera. Mis mejillas ardían debajo de la mascarilla y los ojitos los tenía ya llorosos, desbordados entre los nervios y la emoción. Lo siguiente que me salió fue un discurso inconexo y precipitado: esto es para ti para darte las gracias aunque es una tontería porque son bombones que hemos comprado aquí mismo ya que no podemos comprar en otro sitio y solo decirte que te daría un abrazo si se pudiera pero no porque no se puede así que nada. Tomé aire. Creo que ella se emocionó también (es un poco difícil estar seguro de nada ahora con las mascarillas, ¿verdad?), y me dio las gracias y un “toque de codo” de esos que sirven para establecer un milisegundo de contacto humano sin dejar de respetar la distancia social.

Me fui llorando hacia el coche.

Gracias a todos los que estáis allí todos los días y, en especial, a la chica desconocida que me atendió hoy en el Mercadona ♥

El “minimalismo digital” es el título del último libro de Cal Newport, que nos propone una limpieza al estilo Marie Kondo de nuestra vida digital.

¿Alguna vez has medido el tiempo que pasas en cada aplicación del móvil, o en el ordenador mirando redes sociales, Netflix o vídeos de Youtube? Por desgracia, hay un montón de aplicaciones para saberlo; algunas incluso te informan con efecto retroactivo de lo que lo usabas los días antes de instalártela (en concreto, yo he probado Quantum) y ni siquiera te dejan la opción de “portarte bien” una vez descargadas para auto engañarte pensando que tampoco usas el móvil tanto.

Pecando mitad de valiente y mitad de curiosa por lo que estaba leyendo en Minimalismo Digital, decidí comprobar el uso que doy al móvil, y he aquí mis números: esta última semana lo he usado durante 12 horas, de las cuales un poco más de la mitad corresponden a redes sociales (Twitter e Instagram son las que tengo instaladas) y, el resto, a llamadas, Whatsapp (es la que más utilizo para chatear con mi familia y amigos) y aplicaciones que uso de deporte, la previsión del tiempo, etc. ¿Os imagináis tener seis horas libres a la semana? Es muy tentador.

Respecto al ordenador, no necesito descargar nada que me diga el tiempo que pierdo en redes sociales: tengo siempre Twitter abierto en una pestaña del navegador, sin importar lo que esté haciendo… o intentando hacer. Y trabajo prácticamente todo el día delante de un ordenador, así que no requiere más comentarios. Es curioso porque, en mi caso, no uso las redes sociales por aburrimiento (trabajo, estudio una carrera a distancia, hago deporte, me gusta leer, hacer manualidades, escribir cartas… nunca me he aburrido), sino por estrés: cada vez que tengo que hacer algo que es difícil y sé que me va a costar, primero voy a “desestresarme” a Twitter, Facebook e Instagram. Me pasa lo mismo con los periódicos digitales: empiezo a leer noticias y, de repente, ha pasado casi una hora y no he empezado a hacer nada. Ni os imagináis cómo es mi vida ahora con las noticias sobre el confinamiento, los reales decretos, las defunciones y los contagios diarios; una lucha continua por hacer algo productivo cada día.

Pero no todo va a ser autoflagelación: he conseguido mantenerme alejada de la televisión y de Youtube. La tele solo la enciendo los fines de semana, entre 2 y 5 horas semanales en las que veo episodios de alguna serie o una película (normalmente 2 horas el viernes y 2 el sábado, después de cenar); el resto de la semana está apagada. Con Youtube he tenido épocas de ver demasiados vídeos de manualidades, pero ahora solamente lo utilizo para ver las clases de aeróbic, step, zumba, etc. que hago cada día durante el confinamiento y, para ser sincera, espero seguir usándolo así en el futuro, porque he descubierto canales y clases muy chulas.

Volviendo al libro, y una vez estudiado cada caso particular, el autor nos propone abandonar durante 30 días las tecnologías “opcionales” que ocupan nuestro tiempo. No hace falta borrar tus cuentas, sino desinstalarlas y dejar de usarlas en unos casos, o establecer reglas de uso en otros (por ejemplo, en lugar de tener abierto el correo, mirarlo solo a determinadas horas del día). Después de la “desintoxicación digital”, el reto consiste en decidir, una a una, las aplicaciones, redes, etc. que realmente quieres usar porque son importantes para ti, y cómo y cuánto usarlas.

Esos 30 días, aunque serán difíciles, no consisten en sufrir sin más, ya que se supone que debes probar “de manera agresiva” actividades offline. No sé vosotros, pero hay taaaaantas cosas que me gustaría hacer, que tengo la sensación de que un mes va a ser muy poco tiempo 😉

Como seguramente os habréis imaginado ya, he decidido darle una oportunidad al autor y probar en mi propia piel esta limpieza digital. Es curioso que, en cuanto lo empecé a considerar en serio, se me ocurrieron tantísimas razones para no hacerlo que me di cuenta que era solamente miedo, de tan enganchada que estoy. Una de esas razones era precisamente el confinamiento: parece que debes estar conectada para estar en contacto con la gente pero, pensándolo detenidamente, nunca va a llegar el momento perfecto para desconectar y, además, las interacciones en las redes palidecen si las comparamos con oír la voz de la otra persona por teléfono o en un chat de vídeo.

Así que allá voy; deseadme suerte para poder aguantar esos 30 días.

Y leed el libro. No hace falta probar a desengancharse del móvil, pero os dará mucho en lo que pensar.

PD: Uno de mis objetivos durante este mes será leer y escribir más en el blog, así que es posible que comente mi evolución (¿psicológica?) por aquí. Los demás objetivos (que sé que sois cotillas) son: hablar más por teléfono con familia y amigas, escribir cartas, aprender a coser, hacer un álbum de scrapbooking, leer muchos libros, escribir en mi diario, cocinar postres, aprender a dibujar, hacer más deporte, terminar de estudiar las asignaturas de la Uned… y todas las que me dejo en el tintero.

PD.2: Puedes leer cómo me fue durante los 30 días de desconexión aquí.

Título: Minimalismo digital
Autor: Cal Newport
Editorial: Paidós
ISBN: 978-84-493-3705-5
Páginas 256
Precio: 16,90 €

Todavía no puedo creer la suerte que tuve cuando, durante el segundo día laborable del estado de alarma, recibí un pedido de Popular Libros que hacía tiempo esperaba. Es otra de las librerías que en estos momentos no están realizando envíos debido a las restricciones, pero ya sabéis que podéis seguir comprando y apoyando a estos comercios, y que recibiréis los libros cuando volvamos a ser “libres”.

Os enseño mis tesoros.

Algunos, como el de Luz Gabás o los de Jojo Moyes, irían directos a parar a manos de mi abuela, pero ahora mismo está aislada en su casa y tendré que esperar para verla y proveerla con sus lecturas favoritas (y llenarla de besos). Ojalá la espera no sea larga.

La lista es la siguiente:

Intento apreciar las pequeñas cosas buenas que acontecen estos días y, para mí, una de ellas ha sido volver a leer, pues hacía algunos meses que no encontraba ni el momento ni la lectura apropiados, así que los libros por descubrir me emocionan más que nunca.

Espero que estéis todos bien, y que también disfrutéis de vuestros pequeños placeres durante estos días ♥

Shokunin, de David B. Gil

La segunda lectura del confinamiento me llevó de visita al Japón medieval de David B. Gil para reencontrarme con uno de sus personajes protagonistas de El guerrero a la sombra del cerezo, Ekei Inafune.

Se trata un relato de unas 30 páginas en el que el médico Inafune es requerido por los oficiales de la ciudad para que investigue una serie de muertes que se están produciendo cada noche en las cercanías de los burdeles. Al avanzar descubriremos que no son muertes fortuitas, y siguiendo las pesquisas del médico aprenderemos más cosas sobre el Japón que tanto nos cautivó en la novela.

La trama es sencilla —recordemos que es un relato— pero la resolución de los crímenes es impactante, igual que el final de la historia. Solamente una advertencia: no creo que funcione igual de bien si no has leído El guerrero; conviene estar familiarizado con la época y los personajes de la novela para poder disfrutar de Shokunin.

Y sí, os comunico que está gratis en amazon con motivo del estado de alarma para que nos quedemos en casa leyendo. Pocos planes hay mejores 😉

Reseña El guerrero a la sombra del cerezo

Título: Shokunin
Autor: David B. Gil
Editorial: Flash Relatos
ISBN: 978-84-16628-15-5
Páginas: 35

Con varios libros empezados y algunas lecturas obligatorias del curso académico esperándome en el escritorio, recibí la noticia de los libros que autores y editoriales estaban regalando casi con fastidio. «Anda que no tendré yo libros pendientes como para engrosar más la lista. Si es que con acabar los que tengo empezados me daba con un canto en los dientes». Sin embargo, y para mi sorpresa, pasé de no poder leer ni una línea a devorar tres libros en cinco días, impulsada por olas de inactividad pandémia seguidas de olas de lectura ansiosa, presumiblemente también pandémicas. Y, además, empecé por uno de esos libros fastidiosos que una autora (Elia Barceló) había dejado gratis en su afán de que nos quedemos en casa. Leyendo.

Elegí este libro porque era corto, con lo que queda patente la notable variación que han sufrido mis criterios de selección de lecturas en este estado de alarma, pero os contaré un secreto: lo empecé, me enganché, lo leí de dos sentadas, y ese fue el momento en el que el confinamiento empezó de verdad para mí. Por supuesto, había empezado seis días antes, oficialmente, pero a partir de este primer libro fui capaz de abandonar el ansia por cada nueva noticia sobre reales decretos y cifras terribles, ese sentimiento de estar perdida, de no saber qué hacer ni si estás haciendo lo que deberías. Fue terminar este primer libro y, de repente, los planetas se alinearon y volvió el tiempo para leer, para poner la casa al día, para estudiar y para disfrutar. Pudo haber sido por causa del equinoccio o de la luna nueva, yo qué sé, pero el libro estuvo ahí también.

La novelita, El secreto del orfebre, es la historia de un amor imposible entre un chico joven y una mujer madura en un pueblecito pequeño, de esos en los que unos se pasan la vida cotilleando sobre lo que hacen los otros. No puedo decir nada más sin desvelar el punto clave de la trama y, para ser sincera, mi intención no era la de reseñar el libro, sino la de dar las gracias al sector editorial que nos está ofreciendo libros que no necesitamos pero que nos salvan de nosotros mismos.

Ojalá todos encontremos refugio durante estos días. Cuidaos.

Título: El secreto del orfebre
Autor: Elia Barceló
Editorial: Roca Editorial
ISBN: 978-84-16867-98-1
Páginas: 128
Precio edición en papel: 14,90€

 

2019: Un año en libros

Bienvenidos a mi repaso anual de las lecturas del año. Os invito a cotillear.

Estadísticas

Retos: en el reto de Goodreads me había propuesto leer 65 libros, pero no he logrado ni acercarme. He leído un total de 45 libros, de los cuales:

Autores/as: 18 han sido escritos por mujeres (40%) y 27 por hombres (60%).

Formatos: 7 han sido libros electrónicos, 14 han sido audiolibros, y 24 libros en papel.

Idiomas: 22 han sido en inglés y 23 en español. Todos los audiolibros, como viene siendo habitual, los he escuchado en inglés.

Origen de los libros: 18 de los 24 libros en papel provinieron de las bibliotecas de León y Luanco. Uno de los poemas clásicos que he leído para mi asignatura de literatura medieval nos lo facilitó el equipo docente para imprimir (no tiene derechos de autor). El resto provienen de mis pendientes.

Géneros (en este apartado seré muy generalista): 21 libros de no ficción; 6 cómics/novelas gráficas, todas de la biblioteca; 4 libros de poesía; 14 libros de ficción.

Páginas: He leído un total de 11.840 páginas, siendo el libro más corto de 75 páginas y el más largo de 768.

Otros: He releído una novela, 2 libros en grupo con otros blogueros, 2 poemas épicos clásicos en inglés y 2 libros sobre cómo escribir mejor (también en inglés).

Ranking del año

Peor libro del año: El amor y la lectura, de Sílvia Tarragó. Sin duda ninguna.

Mejores libros del año: no puedo elegir solamente uno, así que permitidme recomendar varios:

Entre los de no ficción, y que sirva como recomendación para año nuevo, os recomiendo Hábitos atómicos, de James Clear. Incluso puede que lo relea pronto, para refrescar. También me gustó mucho la autobiografía de Michelle Obama, Mi historia.

Entre los libros de ficción, he releído La princesa prometida y debo recomendároslo una vez más. De hecho, lo estoy leyendo de nuevo en estos momentos. Soy incorregible… Por otra parte, disfruté también de lectura veraniega que al final no llegué a reseñar, Volverás a Alaska, la última novela de Kristin Hannah.

Y merecen una mención especial dos clásicos que, para mi sorpresa, me han entusiasmado: Evelina y El gatopardo. Puro placer.

Descubrimiento del año: ha sido el autor Julian Barnes. Leí un libro suyo que saqué de casualidad de la biblioteca, continué con otro, y ahora sé que leeré todas sus novelas.

**********

Y hasta aquí mi pequeño resumen literario. Disfruto mucho haciéndolo: tengo una hoja de cálculo donde apunto todos estos datos que reviso al final del año, y yo soy la primera sorprendida cuando hago los recuentos.

¿Vosotros también sois frikis de las estadísticas lectoras?

Espero que 2019 haya sido un buen año para vosotros y que 2020 sea aún mejor. Chinchín.

Una de las mejores decisiones que he tomado este año ha sido comenzar un nuevo grado en la UNED: el Grado en Estudios Ingleses. Aún estoy terminando el de Ciencias Jurídicas de las AAPP, pero me quedan muy pocas asignaturas y, para no aburrirme (yo me entiendo), decidí empezar con algunas asignaturas de 1º de Estudios Ingleses.

Como os imaginaréis, estaba deseando matricularme en las asignaturas de literatura, y eestos meses me encuentro leyendo muchísimas obras medievales inglesas de las que jamás había oído hablar. ¡Me chifla!

Beowulf ha sido mi primera lectura obligatoria para el curso y, dado que la poesía épica en inglés con monstruos-que-cercenan-vidas-como-pasatiempo no es que sea lo mío, este cómic apareció en mis manos como caído del cielo durante mis vacaciones de septiembre. Justo a tiempo para hacerme una idea de lo que me esperaba cuando leyera el poema de verdad.

El cómic refleja todos los acontecimientos de la obra: en la primera parte nos enconramos a un monstruo, Grendel, que aterroriza al pueblo del rey Hrothgar, y es nuestro héroe Beowulf el que acude en su ayuda y lo derrota. Luego debe vencer también a la madre de Grendel, que los ataca por venganza, para saltar más adelante cincuenta años (supuestamente por la pérdida de partes del poema original que relataban otras gestas del protagonista) y encontrarnos a Beowulf como rey, que vence a otro dragón, esta vez muriendo en la batalla.

La edición que nos han recomendado en el curso ha sido la traducción de Seamus Heaney, Premio Nobel de literatura y poeta al que yo no conocía, pero he de confesar que, aunque no la he leído en su totalidad, me han gustado más algunos de los versos de la traducción de Michael Alexander; me parece que elige mejor las palabras… El significado no cambia, pero supongo que el sentido de la musicalidad de cada lector le hará decantarse por una u otra.

Para los no iniciados, y si tenéis curiosidad, también Tolkien tradujo el poema (¿no os llama la atención la fascinación que esta poesía despierta en todo el mundo?) y esta edición la tenemos en español gracias a Minotauro. Yo todavía no la he leído, pero no creo que lo deje pasar por mucho tiempo.

En cuanto a la obra, no puedo decir que me haya gustado, porque los órganos internos separados de su cuerpo no es una imagen que me entusiasme, pero he disfrutado muchísimo aprendiendo todo lo que la rodea: las relaciones entre los guerreros y los señores, las historias épicas como entretenimiento y medio de transmisión de los mitos de un pueblo… Y, ya entrando en la forma poética, me he deleitado con las metáforas que aparecen en esta poesía y me quedado ojiplática al conocer que en este idioma anglosajón no se utilizaban las rimas sino la aliteración de sonidos dentro del mismo verso. ¡Jamás había pensado que las poesías podían ser otra cosa que rimas!

En definitiva, creo que mi entusiasmo por la asignatura y mis ganas de aprender han surtido efecto y, aunque Beowulf per se no tenía ninguna papeleta de ser mi cup of tea, no lo he podido saborear más. Quizás para el nuevo año comience a hablaros de Shakespeare…

Título: Beowulf (cómic)
Autores: Saniago García y David Rubín
Editdorial: Astiberri
Encuadernación: Tapa dura
ISBN: 978-84-15685-35-7
Páginas: 200
Precio: 25 €

 

En Nueva York, a finales de los 60, cuatro hermanos de entre 6 y 13 años deciden visitar a una adivina que, se rumorea, predice la fecha de tu muerte. Los cuatro entran por separado en el apartamento de la mujer y, desde ese verano, sus vidas quedarán marcadas para siempre.

La novela pasa entonces a relatar la vida de cada uno de los hermanos por separado: Simon, el menor, se muda a San Francisco con su hermana Klara cuando es casi un adolescente, y allí es donde finalmente puede ser él mismo. Klara se dedica a la magia, y es en esta ciudad donde conoce al que será el padre de su hija, un ilusionista que cree en ella. Los hermanos de más edad, Daniel y Varya, llevan una vida más convencional, aunque descubriremos que no es tan perfecta como parece: ambos cargan con la responsabilidad de ser “los mayores” y de haber dejado marchar lejos, en varios sentidos, a sus hermanos pequeños.

Lo cierto es que Los inmortales me ha parecido una novela bastante decepcionante. El principio engancha al lector, pero flojea en la primera parte, la de Simon, y no consigue mantener el interés lo suficiente como para seguir leyendo. Tuve un parón lector con este libro y lo dejé durante varios meses hasta que me decidí a terminarlo, por amor propio, y he de reconocer que la segunda mitad mejora, pero te vas dando cuenta de que la autora no va a ofrecer ninguna respuesta a la premisa inicial y, al final, te preguntas de qué sirve tener tan buen comienzo solo para ir desinflándose poco a poco.

En resumen, no es un libro que recomendaría, aunque me ha parecido interesante por el hecho de hacerte reflexionar sobre la fecha de tu muerte y sobre cómo crees que vivirías si la conocieras.

 

Título: Los inmortales
Título original: The inmortalists
Autor: Chloe Benjamin
Editorial: Booket
Encuadernación: Bolsillo
ISBN: 978-84-08-21655-1
Páginas: 400
Precio: 9,95 €

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