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Como os comentaba tanto en la última entrada, me he decidido a leer autores negros españoles para el mes temático (#blackhistorymonth) propuesto por Trotalibros, pero me he topado con una barrera inesperada: hay muy poca información sobre estos autores y sus libros, y esto hace difícil encontrarlos…

De mi biblioteca pública, siempre bien surtida, he tomado un par de libros en préstamo, y este es el primero que leo.

Desirée Bela-Lobedde es una mujer más o menos de mi edad, española, y negra; y en su libro Ser mujer negra en España nos ilustra sobre la experiencia que ha supuesto para ella el crecer en este país, que no acepta que una persona negra pueda ser “de aquí”.

En el libro, nos narra su vida desde la infancia, en un pueblo de Barcelona. Habla sobre su paso por un colegio religioso en el que era la única persona negra; las otras compañeras que no veían el color de su piel, sino que simplemente eran niñas compartiendo los primeros años de su vida juntas, como amigas; y los primeros ataques racistas que tuvieron lugar cuando era pequeña: “¡Negra!”, la decían otros niños por la calle, a modo de insulto por ser como era.

Creo que es muy importante leer a un autor de nuestro país, ya no digamos de la misma edad del lector, hablando sobre racismo, porque compartimos muchas referencias culturales que, como no podía ser de otra manera y para sorpresa de nadie, son utilizadas por algunos para atacar a otras personas. Los niños negritos que se mueren de hambre en África, la canción del Colacao, el helado Negrito de Frigo, los conguitos, las canciones de Georgie Dann…  Desirée ha pasado por todo ello desde que era niña.

En la adolescencia nos cuenta que comienza a relacionarse con otras personas negras cuando empieza a salir por Barcelona y descubre que, en ocasiones, otras personas se acercan a ella precisamente por ser negra: un grupo de grafiteros guays del instituto piensan que incluyendo a una negra en su pandilla van a ser todavía más guays y más antisistema; fines de semana con el correspondiente chico que se interesa por ella para probar suerte y ver si “las negras son unas fieras en la cama”; o gente que para su negocio quiera tener trabajando a alguien “exótico”. Al hecho de ser mujer, se le añade el hecho de ser negra.

El libro está dirigido a todo tipo de público, es decir, a personas negras y no negras, y por eso, supongo, dedica la autora tantísimas páginas a contarnos cómo ha llevado el pelo en cada época. Esta parte se me hizo aburridísima, lo confieso. Entiendo que el pelo afro es complicado de cuidar y que los tratamientos para alisarlo o rizarlo son agresivos de por sí, pero hubiera preferido aprender sobre lo complicado que es, en lugar de leer sobre productos, marcas y peluquerías, que es de lo que la autora habla en su blog de belleza, y que detalla también en el libro a lo largo de varios capítulos. Lo que me pareció más interesante es precisamente lo que cuenta de pasada, como es el caso de una ley de Lousiana del siglo XVIII para que las mujeres negras se taparan su pelo por ser sus peinados demasiado llamativos para los hombres blancos; o el tema del blanqueamiento de la piel y los peligros que conlleva para la salud. En fin, creo que el formato libro no casa bien con explicación de productos de belleza porque, si quiero informarme sobre ellos, preferiría leer un blog donde puedo ver imágenes, precios, enlaces a tiendas, vídeos, etc.

Otra de las pegas que le pongo al libro es la cantidad de coletillas dirigiéndose al lector que, de tan abundantes, te sacan de la lectura: “En el siglo XIX, como ya te he contado…“, y diez líneas más abajo: “Por eso, y retomando lo que te estaba explicando antes...” (ambos en la página 139). Son temas de estilo que se hacen bastante repetitivos.

En definitiva, y aunque que el estilo es mejorable, lo que realmente importa del libro es el mensaje y el toque de atención la sociedad en su conjunto, que considero muy necesario.

Título: Ser mujer negra en España
Autor: Desirée Bela-Lobedde
Editorial: Random House
Sello: Plan B
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
ISBN: 978-84-17001-65-0
Páginas: 180
Precio: 14,90 €

 

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Para el mes de julio, y dentro del movimiento Black Lives Matter, Trotalibros ha propuesto dedicar nuestros blogs y redes sociales a libros de autores negros, publicando con el hashtag #blackhistoryjuly.

Yo he querido unirme a este mes temático pero dedicándolo a la literatura de nuestro país, y me he topado con un muro que no había sabido preveer: no he sido capaz de recordar el nombre de ningún autor negro español, ni siquiera residente, ya puestos; y, para mayor desmayo, los únicos títulos que he encontrado en internet han sumado un total de cinco, incluyendo alguno de editoriales poco conocidas y, por lo tanto, difíciles de conseguir.

Desde aquí, os dejo los dos que me han parecido más accesibles y con mayores probabilidades de aparecer en una biblioteca o librería por la que paséis, pero también quiero pediros que, si conocéis alguno más, me pongáis el título y el autor en un comentario para poder elaborar una lista en este mismo post que me (nos) sirva de referencia tanto para este mes dedicado a los escritores negros como para futuras lecturas.

Ser mujer negra en España (Desirée Bela-Lobedde)

Sinopsis:

Ser mujer negra en España es un libro necesario para entender el racismo y, sobre todo, para que nunca más se produzca. ¿Cuánto tiempo llevas aquí? ¿Por qué hablas tan bien español? ¿Ya has ido a tu país? ¿Me enseñas tus papeles? ¿De dónde es una belleza tan exótica como tú? ¿Es verdad eso de que las mujeres negras sois unas fieras en la cama? Como una suerte de memorias, que van desde la infancia hasta la adultez, Desirée Bela-Lobedde, activista afroespañola, nos cuenta cómo es vivir siendo mujer y negra en España, cómo es sentirse siempre diferente y cómo es ser testigo del racismo que todavía existe en este país. Y lo hace desde el corazón y desde la profunda convicción de que esto puede cambiar y que, finalmente, todos podemos llegar a ser mejores personas si dejamos los prejuicios y la intolerancia de lado.

Hija del camino (Lucía-Asué Mbomío Rubio)

Sinopsis:

La novela debut de una de las voces más influyentes de la comunidad negra en España. Hija del camino narra la historia de una joven española de madre blanca y padre negro que se siente entre dos mundos, siempre al margen. Una novela rompedora sobre la identidad, los lazos familiares y la lucha contra el racismo. Sandra Nnom lleva demasiado tiempo sin encontrar su lugar en el mundo, un sitio donde no atraiga las miradas, en el que pueda ser ella misma sin que nadie la etiquete. Recién instalada en Londres, echa la vista atrás. De pequeña, cuando en su barrio madrileño le preguntaban de dónde era, afirmaba orgullosa que era guineana y se inventaba cómo pasaba los veranos en África a partir de los relatos de su padre, aunque nunca hubiera salido de España. Las preguntas sobre su identidad siempre han sido una constante desde entonces. Huyó a Guinea para disipar esos interrogantes, pero el viaje no le aportó las respuestas que ella esperaba. Ahora, esta viajera insaciable ya ha perdido la cuenta de cuántas veces ha empaquetado su vida para encontrar una tierra a la que llamar hogar. ¿Será en Londres donde por fin encuentre su lugar? ¿O todavía tendrá que recorrer más camino hasta encontrar su destino verdadero?

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Supongo que, al igual que yo, vosotros tampoco leáis varios libros de un mismo autor seguidos; pero tenéis que reconocer que hay ciertos autores que ponen esta especie de “norma lectora” en grave peligro, y uno de ellos es, amigos, Bill Bryson.

Acababa de leer su biografía sobre Shakespeare junto a Mónica (os recomiendo su estupenda reseña) cuando, enfrentada a una semana repleta de exámenes, decidí seguir en “modo Bryson”, como me han dicho en casa cuando oyen mis ataques de risa provocados por sus libros, con una lectura que aborda algo que hemos echado mucho de menos estos últimos meses: la naturaleza.

Un paseo por el bosque es un relato autobiográfico sobre la genial idea de Bryson de recorrer en el año 1998 el Sendero de los Apalaches (Appalachian Trail): una ruta de 3.500 kilómetros paralela a la costa este americana, que pasa por 14 de los estados de Estados Unidos, por ocho Bosques Protegidos, y por dos Parques Nacionales. Una aventura que muy pocos realizan de una sola vez, ya que se necesitan entre 3 y 4 meses para completarlo, pero que atrae cada vez a más gente por su belleza y el esfuerzo que requiere.

Este hito de los excursionistas no es precisamente “un paseo”, y menos para Bryson y su amigo Stephen Katz, que no están lo que se dice en buena forma física. En su característico estilo repleto de humor, el autor relata sus aventuras como comprador novel de equipamiento de montaña; la idea de Katz de tirar por un barranco sus botellas de agua porque pesan; sus encuentros con criaturas del bosque no domesticadas, incluyendo la raza humana; o sus lecturas de cabecera durante la aventura: libros sobre asesinatos en los Apalaches, libros sobre muertes por hipotermia en los Apalaches, o ilustrativos libros sobre ataques de osos en los Apalaches.

Esta ruta no es como las que conocemos aquí (estoy pensando en el Camino de Santiago, por ejemplo): aunque hay refugios a lo largo del sendero, pueden pasar días hasta que encuentres un lugar donde comprar provisiones o tomarte un café. Es naturaleza salvaje el 99,99% del tiempo, y Bryson aprovecha la ocasión para contarnos la historia detrás de tan famoso itinerario, así como las deficientes actuaciones de conservación por parte de las autoridades competentes de una de las zonas más bellas y con mayor biodiversidad del planeta.

En fin, si no habéis leído a Bill Bryson, os estáis perdiendo uno de los placeres de esta vida. Hacedme caso.

P.D.: Conocí al autor con Una breve historia de casi todo y, releyendo mi reseña, me doy cuenta de que fue una conexión instantánea. ¡Me lo pasé genial!

Os dejo los datos de la edición de bolsillo:

Título: Un paseo por el bosque
Tïtulo original: A walk in the woods
Autor: Bill Bryson
Editorial: RBA Bolsillo
ISBN: 978-84-9187-358-7
Páginas: 368
Precio: 9,95 €

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Hace exactamente dos años os hablaba de Natalie Goldberg y su encantador libro sobre escritura en esta reseña.

Se ha convertido en una de mis lecturas de cabecera y he vuelto a él —por tercera vez— durante los primeros días del confinamiento, en busca del cariño y la inspiración que desprende Natalie.

Se trata de mucho más que un libro con consejos de escritura. Natalie Goldberg explora la experiencia de haberse dedicado a escribir durante toda su vida, de haber exprimido cada minuto llenando cuadernos con su writing practice después de pasar el día trabajando en alguna otra cosa que le permitiera ganarse la vida.

En cada relectura encuentro una nueva idea; por eso vuelvo al libro. Natalie te encandila hablando de tantas cosas… De su pena cuando su maestro zen murió; de la mejor hora para ir a un restaurante a escribir sin que los camareros se molesten por ocupar una mesa más tiempo del habitual; de la importancia de saber el nombre de las flores que te encuentras cuando paseas.

Es un libro infinito, inspirador, que quizás no ha tenido demasiada trayectoria en nuestro país, pero es ya un clásico en países angloparlantes, y por méritos propios. No me cabe duda de que el título, El gozo de escribir, es parte del problema. En inglés se titula Writing down the bones, que yo traduzco a mi libre albedrío como Escribir hasta exprimirte el alma.

Lo llames como lo llames te invito, una vez más, a descubrirlo.

Título: El gozo de escribir
Autor: Natalie Goldberg
Editorial: La liebre de marzo
ISBN: 978-84-87403-09-5
Páginas: 244
Precio: 15,00 €

Mi nueva Newsletter

¡Buenos días! Me complace anunciaros la reciente creación de la Newsletter de From Isi

♥♥♥♥♥

He decidido embarcarme en esta pequeña aventura para dar cabida a contenidos que, quizás, no encajan dentro de un post en el blog, pero que me gustaría que no se perdieran.

Soy consciente de que todos recibimos montones de emails cada día, así que trataré de que mi newsletter os aporte ideas curiosas e inspiradoras, con contenido basado en lo que más nos gusta: la literatura, los libros y los autores. Aunque la temática será principalmente literaria, si me lo permitís quizás dedique también algún espacio al correo postal y a las manualidades, mis otras pasiones. Me encantaría que os animara a comentar o charlar sobre algunos temas que sean de vuestro interés; que no fuera un correo solo de ida, y que todos puedan aportar sus ideas.

Si te suscribes, recibirás un email con periodicidad mensual, en principio el primer viernes de cada mes, en el que encontrarás un apunte o reflexión basada en alguna lectura. Además, serás el primero en enterarte de sorteos y actividades del blog y, como guinda, te enviaré fotos chulis de flores y naturaleza, ideales para cultivar tu paz interior.

Para suscribirte solo tienes que rellenar el formulario que encontrarás más abajo, o el formulario está en la barra lateral derecha del blog. Al introducir tu nombre y tu correo recibirás un email para que confirmes tu condición de persona humana; deberás hacer click en el enlace para decirle al sistema que no eres un robot, ¡y ya estará listo!

Y, si no te encuentras a gusto, podrás cancelar la suscripción en cualquier momento.

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Todo el mundo sabe que los gondoleros de Venecia son los mejores —corrección, perdonen—, todo el mundo solía saber que los gondoleros de Venecia son los mejores cantantes del mundo.

Es probable que lo que acabo de decir le parezca ridículo. (Sé que al menos yo lo creía cuando empecé a investigar el material para este libro). Después de todo, ¿cómo puede nadie ser el «mejor» en algo que es imposible medir con precisión?

Cuando era pequeño, Luigi se escapaba de casa cada noche para subir a la góndola de su padre y navegar por los canales de Venecia protegido por la oscuridad. Era su pasión, convertirse en un gran gondolero. No es de extrañar, por tanto, que al ingresar en la Escuela de Gondoleros fuera ya un prodigio conduciendo la góndola incluso por las curvas más cerradas de las callejuelas más estrechas de la ciudad. Pero el futuro tan prometedor de Luigi se vio truncado por una curiosa circunstancia: cuando, en su primer día de trabajo, sus primeros clientes le pidieron que cantara O sole mio, el muchacho a punto estuvo de destrozar los tímpanos de Venecia entera.

Luigi es el hilo del cual tira nuestro autor florinés favorito, S. Morgenstern, para descubrir por qué los gondoleros venecianos, cuya voz prodigiosa era otrora admirada en todo el mundo, han dejado de cantar. En una fábula divertidísima sobre los sueños, el talento y la solidaridad, y con ilustraciones acompañando las páginas del relato, Morgenstern nos regala una historia con su característico estilo tierno y alocado al mismo tiempo.

Los amantes de La princesa prometida encontraremos en Los gondoleros silenciosos la esencia de nuestro querido William Goldman, una vez más escribiendo como S. Morgenstern. Se trata de un libro mucho menos ambicioso, pero nos vuelve a deleitar con su toque de magia, sus personajes algo chiflados, y su cándido protagonista que se deja el pellejo para aprender a cantar. Yo creo que os va a gustar.

Título: Los gondoleros silenciosos
Autor: William Goldman
Traductor: Mercedes Herrera Perol
Editorial: Ático de los Libros
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
ISBN: 978-84-16222-74-2
Páginas: 160
Precio: 12,90

Un mes sin redes sociales

—Amanecer desde mi balcón, en primavera—

El pasado martes finalizó mi periodo de 30 días de “minimalismo digital“, sin Facebook, Twitter e Instagram, y quería dedicar unas líneas a contar la experiencia por si alguien necesita un empujoncito o, simplemente, le pica la curiosidad.

El plan:
Un mes sin redes sociales

Fechas: empecé el reto el día 20 de abril y lo he terminado el 19 de mayo.

¿Qué eliminé?

Facebook, Twitter e Instagram, las redes sociales que más visito. Las desinstalé del móvil y las bloqueé en los ordenadores (gracias a una extensión de los navegadores llamada Cold turkey).

¿Qué dejé?

Whatsapp la he mantenido, ya que la utilizo para comunicarme de manera habitual con mi familia y amigos. No obstante, ni actualizo los “estados”, ni los suelo mirar.

Youtube también se ha quedado. Antes del confinamiento la utilizaba para aprender técnicas de scrapbooking, y durante el confinamiento la estaba usando para hacer todo tipo de ejercicio, así que no la considero “peligrosa” en el sentido de tentarme para pasar horas viendo vídeos sin más.

Goodreads: no creo que sea necesario explicar que la necesito en mi vida. Actualizar mis lecturas me llena de alegría y satisfacción, y solo me ocupa un par de minutos diarios.

Netflix y TV en general: no suelo ver más de 4 horas semanales de televisión, dos horas el viernes y dos horas el sábado. Pero es una cantidad máxima, es decir, que la mayoría de las semanas no llego a esas cuatro horas, así que consideré la tele como una actividad sin riesgo alguno.

El comienzo

Los días anteriores al apagón social fueron, sin duda, los peores. Me encontraba nerviosa por muchas razones: no sabía si iba a aguantar todo el mes; no sabía si iba a hacer trampas, reinstalar todo, y sentirme luego peor. Además, al estar confinados, sentía que las redes sociales eran la única ventana al mundo real que tenía. Con todo, el último día miré todos mis feeds un buen rato como despedida y, luego… Luego no fue para tanto.

La primera jornada sin redes sociales la dediqué a terminar mi Trabajo Fin de Grado. Fueron unas 10 horas de trabajo prácticamente ininterrumpido, y unos 9 folios escritos; mi récord hasta ahora. Nunca pensé que podía avanzar tanto en un solo día, y es que trabajé doblando mi velocidad habitual en este tipo de tareas, y sin tener ninguna fecha tope más que la autoimpuesta. Y, a falta de un buen repaso general del trabajo, lo terminé.

He bromeado mucho sobre este comienzo al considerar que, después de un primer día tan brillante, el resto del mes solo podía ir a peor. En cierto sentido ha sido así — obviamente no he terminado cinco Trabajos de Fin de Grado durante los 30 días — pero he tenido tiempo de hacer un montón de cosas que merece la pena destacar.

Los resultados

Os voy a hablar de números, que seguro que nos entendemos mejor.

Lo que me ha dado tiempo a hacer:

Para empezar, mis semanas han tenido, al menos, 5 horas más: he pasado de usar el móvil 12 horas semanales a usarlo solo 7.

He escrito 3 cartas.

He terminado 6 libros. No parece una cantidad excesiva pero, desde una perspectiva global, este año he leído un total de 17 libros así que sí he notado un aumento del ritmo de lectura durante los 30 días.

He terminado de estudiar dos asignaturas de la Uned (por si os pica la curiosidad, son Derecho Constitucional Autonómico y Literatura Medieval y Renacentista).

He entregado dos trabajos bibliográficos voluntarios de la Uned, uno de ellos en inglés (ha sido mi primer trabajo en inglés, que me ha costado un poco redactar al no estar acostumbrada a escribir más que reseñas). Y he sacado buena nota 😉 .

En cuanto al ejercicio, es bastante difícil de contabilizar ya que el 2 de mayo, en medio de los 30 días, nos permitieron salir a hacer deporte, así que he salido todos los días desde entonces a andar y/o correr. Para que os hagáis una idea, estos han sido las medias de tiempo de ejercicio a la semana:

  • Hasta el 12 de abril: 7 horas/semana.
  • Del 13 de abril al 26 de abril: 9 horas 45 min/semana.
  • A partir del 27 de abril: 11 horas 45 min/semana.

Otros datos: he hecho al menos una sesión de ejercicio todos y cada uno de los 30 días, y 10 de esos días hice dos sesiones.

He escrito muchísimo en mi diario (15 días de los 30), que es uno de esos propósitos de año nuevo que casi nunca me sale “bien”. Me ha gustado porque me relaja, y me ha hecho sentir bien por partida doble.

He charlado más de lo habitual con amigas, ya fuera Hangouts o por teléfono tradicional. Pero debo decir que no tanto como me hubiera gustado; tengo que ser más proactiva en este sentido.

He vuelto a visitar blogs literarios, otro de mis propósitos. Los fui dejando de leer por “falta de tiempo” y me apetecía volver a ellos: leer las reseñas de mis compis, apuntar libros… Creo que nos hemos vuelto demasiado perezosos a la hora de leer (y escribir) textos de más de 140 caracteres, y que ahí fuera hay personas que se molestan en compartir ideas que merecen mucho la pena; de ahí este “propósito”. No puedo decir que haya estado horas y horas leyendo blogs, pero sí que he dado un repaso a mi lector de feeds para actualizarlo con las páginas que quiero seguir, y me he permitido un ratito los fines de semana para leerlas.

Lo que no he tenido tiempo de hacer:

No he dedicado mucho tiempo al blog. Me gustaría volver a reseñar todos los libros que leo y retomar el propósito original del blog, que era disponer de un lugar donde recoger todas mis lecturas y mis impresiones sobre ellas.

Tampoco he hecho scrapbooking ni otras manualidades. Simplemente no me apeteció, o dediqué el tiempo a otras actividades que eran más urgentes en ese momento.

Tres cosas que he echado en falta:

Compartir mis posts en las redes sociales. Te invade una especie de vacío existencial si publicas algo y no lo compartes inmediatamente en Twitter.

Compartir mis fotos de flores en Instagram 😀 No lo hago por “likes”; simplemente, me hace feliz ver mi perfil con mis flores y las cosas que me gustan.

Leer cosas divertidas en Twitter. De vez en cuando me llegaba por whasapp una captura de un tuit chistoso y entonces sabía que me estaba perdiendo la juerga de Twitter. Desde luego, esta no es una razón para volver a usar esta red social a diario, pero te hace sentir que te estás perdiendo algo (en inglés lo llaman FOMO, fear of missing out, que lo traducimos como el miedo a aislarte y perderte cosas por no estar presente en las redes sociales).

Conclusiones

Esta experiencia me ha resultado muy enriquecedora. Primero, por haber dejado atrás un hábito que, pensaba, rozaba ya lo adictivo y, en segundo lugar, porque he comprendido que la vida sin redes sociales me resulta más atractiva. Pasar varias horas concentrada estudiando o escribiendo, sin “descansos” para echar un ojo a twitter, ha sido algo que no experimentaba desde hacía años. Y quiero que eso vuelva a ser la norma.

Quizás os estéis preguntando qué hice el martes, después de que se desbloquearan facebook, twitter e instagram en mi ordenador. Sí, me senté al ordenador y abrí todas las redes sociales para cotillear qué había ocurrido en mi ausencia. Primero abrí todas las notificaciones que tenía y contesté a las que era menester y, después, al mirar los feeds, sentí que era demasiado; no podía de repente ponerme a mirar toda esa cantidad de fotos/posts/tuits. Transcurridos 45 minutos volví a bloquearlo todo hasta el fin de semana.

Tengo una gran tarea por delante: sé que no quiero volver a diario a las redes sociales, pero he de hacer una limpieza a lo Marie Kondo de mi vida digital para decidir qué ver, y cuándo voy a conectarme. Pero, ¿sabéis? No me preocupa. Ahora estamos a punto de empezar los exámenes de la Uned; en el trabajo volveremos a la normalidad y, como su hubiera despertado de un encantamiento, todas estas preocupaciones digitales han pasado a un segundo plano.

Sé que a la gente que aprecio puedo escribirles una carta, un email, 0 puedo llamarles por teléfono, y quiero pensar que las amistades no se resentirán por estar algo desconectada en otros lugares.

En definitiva, os animo a probar.

*****

¿Te atreverías a dejar las redes sociales?
Reseña de Minimalismo digital.

 

Un joven parisino apenas mayor de edad, Paul-Émile, abandona el piso donde siempre ha vivido junto a su padre para unirse a la Resistencia francesa y, quizás, volver convertido en un hombre que, al igual que otros hicieran décadas atrás, habrá salvado de la guerra a otros Hombres. Cuando Paul-Émile se marcha, jamás hubiera pasado por su imaginación lo que el destino le tenía preparado: el chico será reclutado por los servicios secretos británicos y formará una nueva familia con los demás jóvenes aspirantes, con los que comparte esa combinación de fragilidad y fortaleza que, en ocasiones, hace dudar de su aptitud para hacer la guerra.

La primera novela de Joël Dicker nos presenta una serie de personajes que se reúnen en Gran Bretaña para su formación y selección, y donde el lector, al igual que Paul-Émile, les irá conociendo y tomando cariño. Tenemos a Gordo, el chico que busca sin tregua el amor, pero acaba encontrando su verdadera pasión en la camaradería junto a sus compañeros; Claude, un joven religioso que dedica sus horas libres a rezar para que Dios cuide de sus amigos, pese a que estos no le toman mucho en serio; el más mayor del grupo, Stanislas, que se siente responsable por los demás y les cuida como si fueran hijos suyos; o Laura, la chica inglesa dulce y cariñosa, encargada de compensar toda esa masculinidad que acaba enranciándose cuando no se airea y se deja entrar el aire fresco.

La novela avanza a paso lento, primero en los centros donde forman a los agentes, y luego ya centrándose en las operaciones que llevan a cabo sobre el terreno en varias zonas de Francia, siempre con Paul-Émile en el foco de mira, pero también dedicando su tiempo a los demás personajes. Y es que, pese a ser una novela de guerra y venir de un autor famoso por sus thrillers, Los últimos días de nuestros padres es una novela de personajes más que de acción.

Confieso que hubo un momento en que me costó avanzar en la lectura, pero se debió simplemente al estado de alarma, que me obsequió con una extraña incapacidad para concentrarme en historias que requieran un poco de atención. Más tarde la retomé y, al acabar y volver la vista atrás, me pareció que el autor ha escrito una obra redonda, en su propio estilo, con un punto álgido muy cargado de dramatismo, y un equilibrio perfecto entre el personaje protagonista y los demás, que desarrolla con profusión, y también un curioso balance entre los jóvenes haciendo la guerra y el padre de Paul-Émile como contrapunto para mostrar a los que se quedan atrás pero que, solo con su existencia, son el ancla de aquellos que se marchan.

En fin, se trata de novela sobre la Segunda Guerra Mundial muy diferente a las que solemos encontrar. Es calmada y presenta muchos personajes que tardaremos en olvidar. Y, curiosamente, no hay malos ni buenos, solo Hombres.

Si quieres apoyar a las librerías tradicionales, puedes comprar un ejemplar en Popular Libros.

Dejo los datos de la edición de bolsillo:

Título: Los últimos días de nuestros padres
Autor: Joël Dicker
Editorial: Debolsillo
ISBN: 978-84-663-2988-0
Páginas: 464
Precio: 9,95 €

 

 

 

 

Pienso a menudo en las personas que, por las características de su trabajo, tienen que salir de casa todos los días y estrar en contacto diario con otra gente. Es una situación ambivalente: siguen conservando un trabajo que otros igual ya no tienen; pueden salir de casa y ocupar la mente en sus tareas, alejados de las malas noticias, aunque sea durante unas horas; y satisfacen la necesidad vital de comunicarse con otros seres humanos en persona cada día. Pero, claro, ¿y si se contagian? Están ahí, expuestos, en primera línea, y tiene que dar un poco de miedo.

Por suerte, no he necesitado acudir a ningún centro de salud, así que se me ocurrió hacer una tarjeta de agradecimiento a los únicos trabajadores anónimos con los que tengo una cita semanal: las personas del supermercado. Una tarjeta a lo Art attack parecía demasiado tacaño; mejor añadir una caja de bombones adquirida en el propio supermercado y envolverla en el único papel de regalo que tengo en casa, el de navidad. Cutre por cutre: cutre al cuadrado. Al ser un detalle dulce espero cuente un poco más…

La intendencia del proceso no es asunto baladí: la caja sobresalía ligeramente del bolso y, ¿qué pasa si el vigilante me ve la cara de traerme algo turbio entre manos? ¿Me registrará el bolso? ¿Puedo ir a la cárcel por entrar con un producto del propio supermercado en el supermercado? ¿Debería haber conservado el ticket de compra? Si me interroga y me supera la presión, ¿acabaré confesándolo todo? Y, si lo confieso, ¿me creerán, o suena a excusa típica de delincuente habitual? Qué nervios, por favor.

Conseguí entrar a lo ninja en un descuido del vigilante, que estaba colocando los carritos. Ni el gel de hidroalcohol me eché, no os digo más. Hice la compra aparentando normalidad, eso sí, con mi lista y todo, como se estila ahora en el confinamiento. No había pipas peladas, por cierto. Cuando esperaba para pasar por caja hubo un momento de tensión porque el “controlador de las cajas” me cambió de una a otra y, por fin, llegué a mi destino.

Después de meter las bolsas en el carrito y pagar, abrí el bolso decididamente y dije: “Ay, una cosa más”, tras lo cual saqué el paquete y la tarjeta y se los di a la cajera. Mis mejillas ardían debajo de la mascarilla y los ojitos los tenía ya llorosos, desbordados entre los nervios y la emoción. Lo siguiente que me salió fue un discurso inconexo y precipitado: esto es para ti para darte las gracias aunque es una tontería porque son bombones que hemos comprado aquí mismo ya que no podemos comprar en otro sitio y solo decirte que te daría un abrazo si se pudiera pero no porque no se puede así que nada. Tomé aire. Creo que ella se emocionó también (es un poco difícil estar seguro de nada ahora con las mascarillas, ¿verdad?), y me dio las gracias y un “toque de codo” de esos que sirven para establecer un milisegundo de contacto humano sin dejar de respetar la distancia social.

Me fui llorando hacia el coche.

Gracias a todos los que estáis allí todos los días y, en especial, a la chica desconocida que me atendió hoy en el Mercadona ♥

El “minimalismo digital” es el título del último libro de Cal Newport, que nos propone una limpieza al estilo Marie Kondo de nuestra vida digital.

¿Alguna vez has medido el tiempo que pasas en cada aplicación del móvil, o en el ordenador mirando redes sociales, Netflix o vídeos de Youtube? Por desgracia, hay un montón de aplicaciones para saberlo; algunas incluso te informan con efecto retroactivo de lo que lo usabas los días antes de instalártela (en concreto, yo he probado Quantum) y ni siquiera te dejan la opción de “portarte bien” una vez descargadas para auto engañarte pensando que tampoco usas el móvil tanto.

Pecando mitad de valiente y mitad de curiosa por lo que estaba leyendo en Minimalismo Digital, decidí comprobar el uso que doy al móvil, y he aquí mis números: esta última semana lo he usado durante 12 horas, de las cuales un poco más de la mitad corresponden a redes sociales (Twitter e Instagram son las que tengo instaladas) y, el resto, a llamadas, Whatsapp (es la que más utilizo para chatear con mi familia y amigos) y aplicaciones que uso de deporte, la previsión del tiempo, etc. ¿Os imagináis tener seis horas libres a la semana? Es muy tentador.

Respecto al ordenador, no necesito descargar nada que me diga el tiempo que pierdo en redes sociales: tengo siempre Twitter abierto en una pestaña del navegador, sin importar lo que esté haciendo… o intentando hacer. Y trabajo prácticamente todo el día delante de un ordenador, así que no requiere más comentarios. Es curioso porque, en mi caso, no uso las redes sociales por aburrimiento (trabajo, estudio una carrera a distancia, hago deporte, me gusta leer, hacer manualidades, escribir cartas… nunca me he aburrido), sino por estrés: cada vez que tengo que hacer algo que es difícil y sé que me va a costar, primero voy a “desestresarme” a Twitter, Facebook e Instagram. Me pasa lo mismo con los periódicos digitales: empiezo a leer noticias y, de repente, ha pasado casi una hora y no he empezado a hacer nada. Ni os imagináis cómo es mi vida ahora con las noticias sobre el confinamiento, los reales decretos, las defunciones y los contagios diarios; una lucha continua por hacer algo productivo cada día.

Pero no todo va a ser autoflagelación: he conseguido mantenerme alejada de la televisión y de Youtube. La tele solo la enciendo los fines de semana, entre 2 y 5 horas semanales en las que veo episodios de alguna serie o una película (normalmente 2 horas el viernes y 2 el sábado, después de cenar); el resto de la semana está apagada. Con Youtube he tenido épocas de ver demasiados vídeos de manualidades, pero ahora solamente lo utilizo para ver las clases de aeróbic, step, zumba, etc. que hago cada día durante el confinamiento y, para ser sincera, espero seguir usándolo así en el futuro, porque he descubierto canales y clases muy chulas.

Volviendo al libro, y una vez estudiado cada caso particular, el autor nos propone abandonar durante 30 días las tecnologías “opcionales” que ocupan nuestro tiempo. No hace falta borrar tus cuentas, sino desinstalarlas y dejar de usarlas en unos casos, o establecer reglas de uso en otros (por ejemplo, en lugar de tener abierto el correo, mirarlo solo a determinadas horas del día). Después de la “desintoxicación digital”, el reto consiste en decidir, una a una, las aplicaciones, redes, etc. que realmente quieres usar porque son importantes para ti, y cómo y cuánto usarlas.

Esos 30 días, aunque serán difíciles, no consisten en sufrir sin más, ya que se supone que debes probar “de manera agresiva” actividades offline. No sé vosotros, pero hay taaaaantas cosas que me gustaría hacer, que tengo la sensación de que un mes va a ser muy poco tiempo 😉

Como seguramente os habréis imaginado ya, he decidido darle una oportunidad al autor y probar en mi propia piel esta limpieza digital. Es curioso que, en cuanto lo empecé a considerar en serio, se me ocurrieron tantísimas razones para no hacerlo que me di cuenta que era solamente miedo, de tan enganchada que estoy. Una de esas razones era precisamente el confinamiento: parece que debes estar conectada para estar en contacto con la gente pero, pensándolo detenidamente, nunca va a llegar el momento perfecto para desconectar y, además, las interacciones en las redes palidecen si las comparamos con oír la voz de la otra persona por teléfono o en un chat de vídeo.

Así que allá voy; deseadme suerte para poder aguantar esos 30 días.

Y leed el libro. No hace falta probar a desengancharse del móvil, pero os dará mucho en lo que pensar.

PD: Uno de mis objetivos durante este mes será leer y escribir más en el blog, así que es posible que comente mi evolución (¿psicológica?) por aquí. Los demás objetivos (que sé que sois cotillas) son: hablar más por teléfono con familia y amigas, escribir cartas, aprender a coser, hacer un álbum de scrapbooking, leer muchos libros, escribir en mi diario, cocinar postres, aprender a dibujar, hacer más deporte, terminar de estudiar las asignaturas de la Uned… y todas las que me dejo en el tintero.

PD.2: Puedes leer cómo me fue durante los 30 días de desconexión aquí.

Título: Minimalismo digital
Autor: Cal Newport
Editorial: Paidós
ISBN: 978-84-493-3705-5
Páginas 256
Precio: 16,90 €

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